A veces no encuentro inspiración. No sé qué escribir, ni encuentro motivo para ello. A veces huyo de todos, y sin darme cuenta, me encuentro preguntándome: cómo estará?
Sigo pensando en el ruido que hacía por las mañanas. Entre el edredón me debatía si darle los buenos días supondría un motivo de asesinato. Debajo de la almohada, mis brazos dejaban un huequillo para observarla. Desde lejos, me hacía estremecer. Era tan bella, tan elegante, tan altiva, pura fuerza. En ocasiones, no me sentía digno de habitarla. Recorrerla de arriba abajo hasta quedarme sin aliento, no me parecía suficiente. El amarla como había hecho con otras, se quedaba corto. Ella siempre pedía más. Intenté satisfacer todos sus caprichos, pero era inútil...
No disfruté de ella. No supe aprovechar ninguno de los momentos que pasé a su lado. Era otra la que llamaba a mi mente. A pesar de andar en la capital del mundo, yo me acordaba de la capital de mi vida. La que siempre me espera. Me toma entre sus brazos y no pregunta, tan sólo me acoge. Me abraza como si fuera un niño. No importa dónde estuve, ni lo que hice en su ausencia. Nunca me rechazará, lo sé. Es leal, fiel, única, inolvidable.
Echar tanto de menos a Madrid, estando en Nueva York, tendría sus consecuencias. Ahora cada noche que me arrojo a mis calles, busco en las alturas. No hay luces, ni edificios grandiosos, sólo cielo... de Madrid al cielo. Como dice Fito, tal vez ese sea mi castigo, el cuidar de las estrellas.