miércoles, mayo 05, 2010

El pasado sábado Santo, me encontraba en Siena.
La luz se fue yendo poco a poco y el atardecer frente a la catedral, se alzaba como uno de los momentos claves del viaje. Cuando llega la noche sientes como si la oscuridad fuese una persona más que te acompaña donde vayas.
De siempre he tenido debilidad por las iglesias. Me intrigan, me dan respeto, creo que algo esconden... Quizá se lo deba a mi hermana. Una infancia recorriendo todos los templos de Madrid o acabas monja o no vuelves a mirar a un cura a la cara. Mientras mi hermana estudiaba historia del arte, a mí me dio por pensar que aquel arte tenía muchas historias. Y entre el coñazo que me daba y mi mente llena de gamusinos, se hizo una verdadera BKrifrusion.
Pocas veces he entrado en una iglesia de noche. Pero entrar en la catedral de Siena, fue fascinante. Lo pensé allí, y ahora con un litro de vino menos encima, me reafirmo: es la iglesia más bonita que he visto nunca. Parece un dibujo pintado por un niño. Todas las columnas están rayadas en blanco y negro, como si fuesen de un equipo de fútbol. En el techo, hay dibujado un cielo lleno de estrellas. La verdad es que no recuerdo como era el suelo... No pude bajar la cabeza ni un instante. La veía grande, hermosa, llena de luz. Me gustó creer que las velas que estaban encendiendo, tenían la fuerza para brillar más que cualquier día. Algunas personas se agolpaban para seguir al cura. Yo sólo pensaba en algún conjuro para hacer desaparecer al gentío. Y allí, me abandoné a mi misma. Floté hasta el cielo para comprobar que los astros estaban clavados. Seguro que la fe de más de uno se quedó detrás de aquellas estrellas.
De aquel éxtasis, me vine abajo acordándome de mi madre. Pensaba en lo que le hubiese gustado disfrutar de ese ratito. Me acordaba de vosotros. De lo mágico que hubiera resultado compartirlo. Y me acordé de Dios... Me hubiese gustado creer en Dios en tantos momentos de mi vida... y ese era uno de ellos. Habría tantas cosas que le hubiese contado. Tantos miedos inconfesables, tantas vergüenzas que con pavor no hubiese guardado en lo más hondo de mí. Y allí estaba, dentro de sus tripas admirada por la obra que otros hicieron para adorarle.
Escapando de aquellas reflexiones, dejé a María con sus plegarías. Al salir de allí, me puse a repasar el rosetón de la puerta. Curiosa circunstancia, lo que de día sólo se puede ver desde dentro, de noche únicamente se aprecia desde fuera. Era una escena de la última cena. Recuerdo sus colores y a Javi intentando hacer mil fotos. Recuerdo que pensé que no habría cámara que captase aquella imagen como yo la estaba viendo. Cómo yo la estaba sintiendo. No me hizo falta ir a misa para sentirme especial. Ya lo era. Mi metro y medio era lo más grande que andaba por allí. Creía en mí, en el chianti y en la piedra del suelo que me sostenía. Creía en poder volver allí con todos los que quería. Y no me acordé de Dios, pero sí de Nietzsche: "El hombre creo a Dios a su imagen y semejanza".
Quizá la cita fue fabricada por mi memoria, pero me hizo sentir bien. Y para dar los buenos días creo que es importante. Desde la puertas del infierno.. ADios muy buenas :)