lunes, octubre 22, 2007

Esta mañana me he compadecido de esos niños menores de cinco años que van sufriendo al cole. La rubita que coge la ruta para ir a uno de esos coles con escudo en los jerséis, gritaba con la cara hinchada que hacía mucho frío y su padre la ignoraba. Tiene dos hermanos más mayores que ella. Y vive todo un drama, cuando ellos echan a correr y ella se siente arrastrada como un saco de patatas, por el brazo de su padre.
Cuando entro por Sta Casilda, el camino se vuelve más dulce. Un montoncito de pequeñas criaturas se dirige al cole a desayunar. El olor de la pastelería, me abre el estómago. Recuerdo cuando subía a hacerme los análisis y mi madre luego me llevaba al Urvi a desayunar. Aún lo sigue haciendo.
Habladores, dormidos, más despiertos que sus padres... Todos tan pequeños, y con tanto frío. Cuando me meto por Gasómetro, veo a mi favorito. A veces de camufla, pero cuando me mira con sus ojillos brillantes, se ilumina la mañana. Mantengo la teoría que es de chocolate. Sus pelos rizados me recuerdan a Rubén y su simpatía a Javichu. Me tiene eclipsada. Si tengo frío, se me quita. Si tengo sueño, pienso que más tendrá él.
Llevo tiempo intentándome fijar quien le lleva al cole. Es como si la mano de la familia Adams fuese su padre. No veo más allá. Es tremendamente descarado. Yo creo que ya me conoce. Quiero abrazarle a ver si es tan blandito como parece.
Es bonito pensar que hay alguien que cuando te mira, siente que se para el mundo. Pero más bonito es pensar, que esa mirada, siempre es intencionada. Es lunes, y estoy dispuesta a parar el mundo... a ver quien me aguanta la mirada.