lunes, abril 02, 2007

No sé si es porque vivo rodeada de colegios e institutos, pero me ha dado la sensación que la densidad demográfica de la acera había bajado en demasía. La gente aprovecha al máximo sus cuatro días para darse un garbeo por Edimburgo, sin ir más lejos. Yo he de decir que porque tengo lo de Álava pactado, sino me quedaría en casa viendo procesiones, que no sería la primera vez.
Este fin de semana infantil, ha sido peor que cualquier resaca de mala muerte. He ingerido hidratos de carbono a un ritmo vertiginoso. Pasta, bollos, pizza, un no parar. Lo cierto, es que le he dado otra vuelta a uno de los pilares de mi vida: el odio al circo. Ayer atemorizaba a mis sobrinos hablándoles de leones, elefantes, y toda clase de bestias que iban hacerles pasar una tarde inolvidable. Se quedaron todos en mi recuerdo. Cuando yo iba al circo había animales. Viejos, decrépitos, tristes, pero ahí estaban bailando a ritmo de latigazo. Ayer lo más fueron unos perros y unos caballos... decepción? Creo que ha sido la primera vez que me he reído con los payasos. Después de 26 años tiene su mérito. Me tragué todos los trucos de magia, me dieron palomitas, tuve miedo al ver que un trapecista casi se estampa contra el suelo, y lo mejor de todo, los caretos de mis sobris flipando. Eso si que era el espectáculo más grande del mundo!
Cuando se acabó la función, empezamos a recoger. Y Javichu se apoltronó en el sillón. 'Oye, colega, que ya ha terminado'. 'Nooooooo, si todavía no ha salido los elefantes, ni los leones, ni los camaleones...' Y digo yo, como cojones explicas a un niño de 4 años, quien es Ángel Cristo.
Quizá la primera decepción de su vida, pero lo importante es que siguió sonriendo.