Ayer quise tener una de esas tardes buenas. Con compañeros varios, sin preocupaciones, con risas, sin prisas, tardes solitarias que acaban siendo compartidas. Atardeceres borrachos de cerveza, con lluvia y pereza. Pinchos varios en las calles de siempre. Hace tiempo que no voy por La Latina y ayer me apetecía. Pero mi carácter enfermizo salió a relucir. Creo que he sido la niña con más gastroenteritis del mundo. Si a esto le añadimos que soy bastante hipocondríaca, pues apaga y vámonos. Así que me quedé en casita destrozada, pese a las ganas de salir.
Y es que hay bares que tienen tanto encanto en verano. Tardes tontas, que se transforman en noches inolvidables a la luz de dos cervezas. Conversaciones, sin nada nuevo que contar. Sin tener que buscar ningún sentido a la vida. No quiero solucionar el mundo en dos horas. Me quiero reír de él. Qué me importa que esté chispeando y llevar pantalones cortos, si alguien te ofrece unos pistachos?
Conozco tascas que deberían cobrar pasta por sentarse en sus aceras. Esos bordillos tienen más encanto que cualquier sillón de diseño. Quiero que el día pase el día rápido. Quiero tomarme un par de cañas y de pincho... la sensación de estar bien.
Y es que hay bares que tienen tanto encanto en verano. Tardes tontas, que se transforman en noches inolvidables a la luz de dos cervezas. Conversaciones, sin nada nuevo que contar. Sin tener que buscar ningún sentido a la vida. No quiero solucionar el mundo en dos horas. Me quiero reír de él. Qué me importa que esté chispeando y llevar pantalones cortos, si alguien te ofrece unos pistachos?
Conozco tascas que deberían cobrar pasta por sentarse en sus aceras. Esos bordillos tienen más encanto que cualquier sillón de diseño. Quiero que el día pase el día rápido. Quiero tomarme un par de cañas y de pincho... la sensación de estar bien.

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